

ATENCIÓN: Lo que están a punto de leer NO es un fragmento de Nosequé Nosecuántico, NO aparece en el libro, aunque SÍ que está ambientado en los sucesos cuánticos que se desarrollan en la novela. Como a estas alturas ya muchos sabrán, la singularidad cuántica que afecta a los personajes intercambia (o transloca) personas u objetos de similar masa o volumen en el espacio-tiempo. El sonido que precede a cada una de estas translocaciones es muy similar a ¡PLOF! Podríamos decir entonces, que el relato que están a punto de leer, sería algo así como un ¡PLOF! que no aparece en Nosequé Nosecuántico.
DESPERTARES (relato cuántico)
Cuando el niño se despertó el dinosaurio todavía estaba allí.
Básicamente ese era el asunto, lo que pasa es que los dos no poseían el mismo conocimiento de las circunstancias que los rodeaban. Ni siquiera el mismo punto de vista.
Para el dinosaurio, por ejemplo, que estaba tan tranquilo allí, en la llanura, masticando tranquilamente mientras dejaba pasar las horas, la cosa había sido bastante curiosa. Se había oído un estruendoso sonido similar a ¡PLOF! y, de golpe y porrazo, una piedra bastante graciosa que había delante de sus narices, con su liquen y su musgo y sus gusanitos debajo, había desaparecido sin más. Casi en el mismo momento, su lugar lo había ocupado un trozo de carne bastante extraño (al menos comparado con lo que acostumbraba a ver por aquellos lares) que emitía un sonido raro mientras yacía con los ojos cerrados.
Como fuera que el dinosaurio jamás había visto (ni, por ende, oído) a alguien serrando un tronco con un serrucho, no se formó la imagen mental de un ronquido. Sobre todo porque los ronquidos que acostumbraba a oír hacían retumbar el suelo bajo sus pies, mientras que el emitido por aquella especie de trozo de carne apenas movía su propio pecho, que subía y bajaba con tranquilidad.
Su primer pensamiento no fue comérselo, por si algún espectador ocasional pudiera pensarlo, puesto que el dinosaurio era vegetariano. Pero no vegetariano de esos de no, yo no como nada que tenga un sistema nervioso remotamente similar al mío, lo cual saca de mi dieta a los animales, pobrecillos, pero deja en él a las plantas, por muy seres vivos que también sean. El dinosaurio era vegetariano de verdad. Porque no necesitaba excusas. Porque la naturaleza le había dado esa forma de alimentarse y ni siquiera se planteaba llevarle la contraria.
Para él, por tanto, el trozo de carne envuelto en hojas de peculiar aspecto (porque vaya usted a explicarle a un dinosaurio que se pueden manufacturar pijamas de ositos y que no crecen de los árboles) no representaba más que una curiosidad con la que entretenerse un rato. Así que se limitó a observarlo mientras dormía, eso sí, acercando mucho la cara para no perderse detalle.
Para el niño, que al despertar tenía a escasos centímetros de su faz la cara bobalicona pero enorme de un gigantesco animal prehistórico, la cosa no pudo tildarse solamente de curiosa. Afortunadamente para él, los niños tienen el corazón bastante más duro que los de sus iguales envejecidos, por lo que no sufrió una parada cardiorrespiratoria con la impresión. Pero sí que se le puso el vello de punta y se quedó sin aire unos segundos mientras pensaba, seguramente, si podría correr más rápido que el viento en dirección contraria.
Es también digno de tener en cuenta que no es lo mismo que usted o yo, por poner un ejemplo, nos encontremos de pronto a un dinosaurio que el hecho de que sea un niño quien afronta el reto en cuestión. Sea porque a ellos aún no se les ha anquilosado la capacidad de soñar despiertos, bien porque conservan intacta su imaginación… o bien porque los han bombardeado desde pequeños con películas al respecto, digamos que tienen otra disposición para este tipo de encuentros.
Así que lo primero que pensó fue: DIPLODOCUS.
Sus siguientes pensamientos fueron, como dijimos, las posibilidades de huida.
Pero ocurrió entonces algo por lo que los productores de Hollywood se habrían dejado cortar una oreja para filmar. Algo por lo que los escritores de cuentos infantiles del universo habrían empeñado un riñón para poder presenciar. Algo que habría hecho caer las lágrimas del más aguerrido vikingo si otro ¡PLOF! lo hubiera llevado al instante correcto del espacio y el tiempo.
El dinosaurio le lamió la cara al niño.
Habida cuenta de que la lengua del diplodocus era prácticamente el doble de grande que la cara del antedicho infante, podría decirse que, más que lamerle, lo que hizo fue hacerle una mascarilla de babas.
El niño, que como todos los niños tenía una bastante atípica escala de valores respecto al asco, en lugar de poner cara de puagh como hubiéramos hecho usted o yo, sonrió.
El diplodocus, por su parte, que no había pretendido ser amable, faldero o pachón, sino que trataba de discernir mediante el sentido del gusto si el cacho de carne era verdaderamente un cacho de carne o una herbívora merienda que no había visto antes en su vida, se alarmó un poco cuando éste le sacó los dientes.
Si piensa atacarme lo lleva claro, pensó más o menos, que seré vegetariano, pero le meto un pisotón y se acaban aquí las pamplinas.
Algo nervioso porque el trozo de lo que fuera le enseñara los dientes y algo molesto con una prehistórica pariente de las garrapatas que se estaba ensañando con sus cuartos traseros, el dinosaurio movió la cola un par de veces.
El niño vio que el diplodocus le movía el rabo y, acostumbrado como estaba a su perrito Tocotó (nombre que le puso su padre porque no se podía dejar nada a su alcance, que todo lo tocaba), sintió una enorme alegría en su corazón y se levantó para abrazar el enorme cuello del “animal”, como en una postal ñoña de esas de cumpleaños feliz.
El dinosaurio echó el cuello hacia atrás espantado, pero al poner cara de susto debió recordarle de nuevo al cánido familiar, porque redobló sus esfuerzos hasta al fin lograr hacer presa del cuello del espantado saurio.
Y, tal vez porque por más esfuerzos que hizo por desprendérselo de encima, agitando la cabeza en todas direcciones y emitiendo guturales lamentos que podrían traducirse por déjame yaaaa, jartibleeeee, tal vez porque finalmente entendió que los sonidos que emitía el pequeñín eran amigables (carcajadas, de hecho), finalmente se dio por vencido y en un amable movimiento lo depositó sobre su grupa.
Quizá a día de hoy pueda sonarnos extraño, pero el caso fue que el dinosaurio comprendió que lo que ahora pateaba su espalda, feliz como una lombriz, era un amigo. Así que, sin que mediase más el tiempo, se levantó y comenzó a pasear por la llanura con su nuevo amigo sobre las espaldas.
Y el niño gritaba de júbilo ante la visión de todo cuanto les rodeaba. Y comió enormes frutos de los árboles (cuando a su gigantesco nuevo amigo le dio por comprender que por mucho que le diera golpes con una enorme rama en la boca, el pequeñín no compartiría con él sus platos favoritos), y jugueteó con grandiosas mariposas (que, de haber estrujado sin querer, sin ninguna duda habrían provocado un tsunami en su cuarto de baño de usted, señor lector), y abrazó, babeó y toqueteó cuanto pudo al diplodocus.
Este, que aún no había tenido hijos por ser demasiado joven, comprendió también que aquello que tenía en los hombros era un cachorro. Un cachorro raro que olía raro y comía raro. Pero un cachorro como lo había sido él mismo muy poco tiempo atrás. Así que se esforzó el doble por contentarlo.
Corría por la llanura tanto como le permitían sus patas, daba pequeños brincos que le arrancaban animadas exclamaciones en un idioma que no sabía entender.
Y cuando el sol se estaba poniendo en la llanura y dejó de oírle gritar y reír, le hizo una especie de nido con grandes ramas y demás vegetación y lo colocó, tan dormido como cuando apareció, justo delante, dispuesto a echarse también una cabezadita él mismo tras tan ajetreada jornada.
Era una escena bucólica. Algo romanticona y ñoña, sí, pero entrañable. Lo es para mí que la recojo, lo es para ustedes que la leen (no me engañen, que lo sé) y lo era para el único espectador que asistió físicamente al evento.
Vamos, niños, ahora es el momento del sentido oooooooh.
Porque quien miraba la escena, agazapado entre la densa vegetación, no era otro que un veloz, voraz y calculador alosaurio. Y lo que otros podríamos calificar de escena bonita él lo identificaba únicamente como me voy a poner las botas hasta que me salga carne por las orejas.
Culeó un poco para calcular bien el salto y… saltó.
El diplodocus, que estaba adormilado pero no había sobrevivido hasta la adolescencia por tener un sueño profundo precisamente, reaccionó de inmediato.
Los acontecimientos fueron vertiginosos, pero básicamente sucedieron tal que así:
Alosaurio salta de entre las ramas con un gruñido brutal y los ojos clavados en la jugosa (para él) carne del diplodocus.
Diplodocus descubre que su amigo sigue ahí y piensa que tiene que defenderlo, incluso antes que a sí mismo. Él es el primer sorprendido por esa línea de pensamiento.
Niño duerme y no se entera de nada.
Diplodocus agarra al niño por el pijama y trata de subirlo a su grupa pero, con tanta precipitación y sorpresa, calcula mal, se le resbala de los dientes y lo lanza en vertical a una altura de al menos diez metros.
Alosaurio ignora qué demonios hace su cena, pero le da exactamente igual y sigue acercándose, en pleno salto, a su presa.
¡PLOF!
Niño desaparece en el aire.
Diplodocus ve pasar su vida delante de sus ojos.
Vida pasa delante de los ojos del diplodocus.
Alosaurio comienza a cerrar la mandíbula a punto de morderle el cuello al diplodocus.
¡PLOF!
Diplodocus desaparece.
Gruista en algún lugar del espacio-tiempo se lleva el susto de su vida. Pero ese día sale antes de trabajar por no encontrar la maquinaria.
Alosaurio muerde grúa.
¡PLOF! (En realidad es el eco del primero que se ha oído).
Simpática piedra con su liquen y su musgo y aún uno de sus gusanitos agarrado a su parte inferior con cara de velocidad, impacta en la cabeza del alosaurio.
Y… horas más tarde… o tal vez horas antes porque cuando se habla de translocaciones espacio-temporales nunca se puede estar del todo seguro de nada…
La madre entró en la habitación tras oír un ruido extraño, similar a un ¡PLOF! y luego otro, mucho más fuerte, similar a un batacazo sordo.
El niño seguía en la cuna pero…
-Madre del amor hermoso- exclamó la madre (no sabemos si del amor hermoso también).
El pequeño seguía en su cuna, como decíamos, aunque ya le viniera un poco pequeña y dentro de poco lo pasarían a la cama como a los niños grandes, pero la cuna estaba algo distinta a la última vez que ella la viera.
Para empezar estaba algo desfondada. Algo así como si un niño hubiese caído desde una considerable altura sobre ella. Claro que eso era imposible, el techo no estaba tan alto.
Además, debajo del niño parecía haber una gran cantidad de ramas, hojas, hierbas altas y demás vegetación demasiado colorida como para ser de por allí. Era como si el niño se hubiera construido un nido. No, no. Era como si alguien hubiese construido una especie de nido pero sin demasiada habilidad para ello ni demasiada perspectiva de los tamaños.
El niño parecía bien. Feliz, de hecho. Se había quedado dormido con una dulce sonrisa en la cara. Por lo tanto dejó de preocuparse y no quiso despertarle para quitar las ramas y las hojas. Pero seguía algo nerviosa, por lo que resolvió no volverse a su cuarto a dormir.
Y así fue que…
Cuando el niño se despertó, su madre todavía estaba allí, mirándolo como una pasmarota.
Israel Alonso